Afuera todo era niebla y oscuridad. Limpié el vaho de la ventanilla con la manga de la camiseta, pero no pude ver nada más allá de la negrura de una noche que hasta hace poco era tarde, y que se convertía minuto a minuto en el final de un día que ya no sería el mismo nunca más. Es curioso cómo la mente selecciona aquellos recuerdos que quiere guardar y los imprime en la memoria como si fueran fotografías, para que el paso del tiempo no erosione ninguno de sus detalles. Ni siquiera recuerdo cuándo tomé la decisión de marcharme, pero sé que me fui un sábado, en un tren que partió la llanura envuelto en la niebla con destino a las entrañas de una gran ciudad.
Languidecía el otoño más cálido que se recuerda, y aparecieron, de repente, los primeros retazos de un invierno madrugador. En el tren, todo era silencio. Si te concentrabas lo suficiente podías oír el silbido que producía al deslizarse, veloz, sobre los helados raíles, y el sonido de la niebla abriéndose a su paso. Había pasado gran parte del trayecto durmiendo, porque a través de la ventanilla no había mucho que ver. Me desperté unos minutos antes de que la bruma dejara paso a las primeras luces de Madrid, y por primera vez en muchas horas empecé a sentir miedo, porque quizá por primera vez fui consciente de que no sabía lo que me esperaba. Un escalofrío me recorrió la espalda y me hizo estremecer. Reconozco que incluso estuve tentado de volver atrás y empezar a deshacer el nudo que estaba dispuesto a apretar. La indecisión duró un minuto, quizá dos, pero logré acorralarla reuniendo algo del escaso valor que me quedaba, y empecé a planear mi siguiente movimiento.
A decir verdad, Madrid no era para mí una ciudad extraña. Años atrás, con la ilusión intacta en la maleta, me adentré en sus entrañas siendo sólo un crío con la esperanza de que la urbe, descarnada como pocas, vomitara, años después, al joven imberbe e indeciso convertido en un hombre capaz de asumir responsabilidades. La ciudad había fracasado, y quizá por eso decidimos darnos el uno al otro una segunda oportunidad. Por eso, cuando el tren se adentró por completo en la capital y partió en dos sus calles con una lengua de luz, me sentí reconfortado. Recuerdo la primera vez que llegué a Madrid, y el miedo que sentí cuando me lancé en solitario a explorar sus rincones. Es fácil hablar de esa ciudad desde la distancia, pero sólo el que se ha dejado envolver por ella sabe todo lo que puede llegar a despertar en una mente como la mía, dispuesta a empaparse de todos los nuevos retos. El temor se fue diluyendo poco a poco a medida que hacía mías sus esquinas, con la misma velocidad con la que la ciudad iba haciéndome suyo. Madrid es una ciudad que no te da respiro, y que se construye con las almas de la gente que intentan conquistarla. Sus calles se alimentan de los sueños de todos aquellos que por ellas transitan, y es fácil llegar a pensar que dominas la ciudad. Pronto te das cuenta de la mentira que supone, porque Madrid es indomable.
No pude evitar esbozar una sonrisa mientras mi memoria seguía escupiendo recuerdos, y casi ni me di cuenta de que el tren estaba aminorando la marcha porque estábamos llegando a Atocha. Poco a poco, como si de una organizada procesión se tratase, todos los pasajeros se fueron levantando y comenzaron a bajar las maletas de los estantes, y desfilaron, uno detrás de otro, hacia la puerta de salida. Se acababa el calor del tren, y al otro lado de las puertas aguardaban el frío y la ciudad, los primeros minutos de un futuro que ya no podía controlar, a pesar de que fui yo, y sólo yo, el encargado de elegirlo. Me puse el abrigo y la bufanda, y agarré la mochila en la que llevaba, sobre el hombro, lo que me quedaba de vida. Antes de bajar del tren me detuve en la escalera y respiré hondo. Ese gesto, casi espontáneo, supuso el punto y final a todo lo que hasta ahora había conocido. Allí, en el andén de la estación, terminaba mi pasado, y se escribían las primeras líneas de un futuro que jamás podría dominar.
domingo 13 de diciembre de 2009
martes 3 de noviembre de 2009
El Poeta Errante...
Durante muchos años no tuvo nombre, y ni falta que le hacía, porque no tenía con quién hablar. Nadie le llamaba, nunca se dirigían a él. Durante muchos años no tuvo nombre, seguramente porque él también lo había olvidado. Siempre le llamaban el loco. Apareció un día, ya viejo, vagando por las calles de un pueblo desconocido para él al que le habían arrastrado las olas de una vida vivida en constante marejada. Caminaba siempre mirando al suelo, quizá para que nadie descubriera su pasado detrás de sus ojos. Curvado, con el pelo blanco y las manos ajadas por el paso del tiempo, recorría las calles con la parsimonia de aquel que nada busca, y encontraba en el laberinto de caminos puñados enteros de malos augurios. Los niños se reían de él amparados en la connivencia de sus padres, que siempre le despreciaron por todo lo que ocultaba. Le tiraban huevos si pasaba por el centro, y de noche apedreaban los cristales de la casa abandonada que eligió como hogar, donde apuraba los últimos sorbos de su destino. Para mí siempre fue el poeta. Cuando le veía salir de su improvisado escondite, me deslizaba a través de las ventanas sin cristales para intentar saber algo más acerca de él. Sólo ocupaba una habitación de la casa, en la segunda planta, aquella en la que el sol iluminaba con mayor intensidad y devoraba sin piedad hasta el último resquicio de las sombras. Quizá se alimentaba de la luz del día, y buscaba aún su calidez cuando llegaba la noche. Quizá sólo quería llorar mientras añoraba otra puesta de sol. Dormía en el suelo, entre papeles, a la luz de una vela. En todas las hojas había versos perdidos, poemas sin terminar, todos ellos cargados de deseos que nunca se harían realidad. No parecía reclamar nada, ni añorar momentos perdidos. Más bien, cada una de sus letras era un acto de valentía, hacía acopio de valor para afrontar la hora, cercana, de reencontrarse con la mujer que empujaba su mano y bailaba al son de su pluma en todos esos versos malditos. Isabel. Creo que nunca terminó un solo poema, pero para mí siempre fue el poeta. Allá donde los demás ponían arrogancia, yo derrochaba admiración. Cuando los demás le miraban con desprecio, yo trataba de buscar en alguno de sus escasos gestos un ápice de luz. Cuando todo el mundo se reía de él, yo percibía a través de sus pupilas el viejo candor de una llama. Una noche, la última del mes de octubre de un año cualquiera, se abrió paso a través de los ventanales descubiertos y alisó su raída chaqueta. Caminó despacio por todas las calles del pueblo, curvado, mirando sus manos ajadas por el paso del tiempo. Pasó una de ellas por su pelo blanco antes de enfilar el viejo camino del cementerio. Yo le seguí amparado por las tinieblas de una noche que ya nunca sería la misma. Había apurado sus últimas fuerzas, y el aliento no le alcanzaba para más. Entró en el camposanto decidido, olvidando de repente su traqueteo vacilante. Dudé unos momentos antes de aventurarme a entrar, temeroso como era, aún chiquillo, de los habitantes de las sombras. Decidí esperar a que la bruma de la noche dejara un resquicio para el primer rayo de luz, y me lancé a explorar el universo de tumbas. Lo encontré poco después, abrazado a una lápida que fue para él, a un mismo tiempo, razón de ser y destino. Una lápida coronada por un nombre familiar, Isabel, y una fecha, la de su partida, muchos años atrás. No se movía, no respiraba, pero su gesto, por fin, era alegre. El poeta descansaba aliviado, feliz, muerto. Decidí dejar que fuera otro el que se encargara de dar la noticia a todos aquellos que le habían contrariado, y me marché sin decir nada. Nunca le encontraron. No hay en el cementerio lápidas que le recuerden, ni lamentos que le honren. No hubo rastro del hombre que nadie quiso conocer, y que se marchó sin hacer ruido. Nadie vio su cuerpo, ya sin vida, recostado sobre la tumba. Del poeta sólo queda la leyenda y una flor: una rosa blanca que aparece todos los días, fresca, sobre la tumba de su amada. Y su leyenda, la de aquellos que cuentan que por las noches, oyen el tañido de las viejas campanas que coronan la capilla abandonada junto al cementerio, justo antes de ver cómo la muerte, envuelta en un sudario negro, recorre los caminos acompañada de una figura encorvada, con el pelo blanco y las manos ajadas por el paso del tiempo; y la escucha, pacientemente, mientras el poeta evoca los versos que nunca escribió para Isabel…
lunes 26 de octubre de 2009
Tu silencio...
Volvió el otoño, cayó el frío y a ti te envolvió el silencio. Lo hizo suavemente, poco a poco, y casi no nos dimos cuenta. Sólo sabíamos que faltabas, que no encontrábamos esa palabra tibia y descarnada a la vuelta de la esquina, a pesar de que pateamos barrios enteros en su busca. El cielo azul del verano dejó paso a amaneceres lentos que vestían el día con susurros, y vomitaban en el horizonte un color rojizo que aprisionaba el alma y congelaba el aliento, de tan fríos como eran. Los días se hicieron cada vez más cortos, y más grises, y las noches más largas. Las noches. Siempre las noches. Era la oscuridad la coartada perfecta para buscarte, cuando nadie nos mira, y disfrutarte lentamente, palabra por palabra, verso a verso, fotograma a fotograma. La noche siempre fue el refugio, si no la excusa, para las almas insomnes, y aunque no te veía, aunque había un universo que nos separaba, sabía que estabas ahí. Sé que estás ahí, a pesar de que hace tiempo que ya no te escucho. Complica la búsqueda el extraño anochecer otoñal, que a la vez que se lleva la luz cubre también las estrellas, pero casi puedo intuir que sigues soñando con ellas, y que las buscas entre susurros, hablándole bajito a la luna para que te oiga con claridad. A veces, yo también le hablo, le escribo, la busco entre las nubes, y cuando no la encuentro me gusta pensar que está refugiada en uno de tus versos, encarcelada para siempre en alguna de tus palabras. Sí, es cierto. Las noches son más largas, y más pesadas, en este otoño de nadie. Son mayores los motivos que empujan al espíritu a migrar hacia otros lares, a renunciar a la paz del sueño en busca de la calidez de mundos mejores, ya sean pasados o futuros. A mí, además, me sube la fiebre. Siento la necesidad de apagar la sed de mi mente escribiendo impulsivamente, como esta noche lo hago, pensamientos que me asaltan sin pedir permiso, y que me hablan, a menudo, de ti, de vosotras. Del pequeño paisaje que entre todas habéis construido. Y por eso, de vez en cuando, me atrevo a imaginaros, a imaginarte, a imaginar que sí os conozco, cuando la realidad es que todavía camino con pasos muy cortos intentando descubriros. Y escribo. Escribo, e invento, sin saber si mis palabras emprenden el viaje correcto o equivocan el rumbo sin querer. Escribo, porque escribir es la única salida que encuentro para que todo el mundo conozca las palabras que nunca he dicho, las historias que me invento. Porque el papel es, como la noche, una coartada perfecta, un refugio insomne al que siempre vuelvo. Porque escribir es, esta noche, quizá la única forma correcta de decir que te echo de menos. Quizá es la única manera de que puedan llegarte algunas de las palabras que a mí me sobran, y que no sé cómo organizar. Y, mientras escribo, espero. Abro la ventana y respiro el aire frío de la noche, busco la luna entre las nubes y los dos, sin hacer ruido, nos sentamos, el uno junto a la otra, a escuchar tu silencio…
Para G, por todos esos silencios que no sé cómo curar…
Para G, por todos esos silencios que no sé cómo curar…
martes 13 de octubre de 2009
Mara
Te observo respirar mientras el sol se despereza y filtra sus primeros rayos a través de la ventana, y tu piel se deja querer cuando recibe las primeras caricias de calidez de una mañana que ya nunca será la misma. En la oscuridad de la habitación, sólo tu respiración rompe el silencio de este amanecer invernal que tiñe de frío las paredes y moja los huesos, trizando cada uno de los nervios de mi médula espinal. Sentado en un rincón, repaso tu cuerpo centímetro a centímetro y me doy cuenta de lo lejos que estamos uno del otro. Tanto, que apenas puedo sentir el calor que hace unas horas me abrasaba en cada uno de tus abrazos. Nos buscamos el uno al otro con el alcohol como único refugio, en medio de una vida que no sentíamos como nuestra porque no podíamos hacer nada para cambiarla. Quizá por eso nos encontramos, solos, varados en ninguna parte. Somos dos mundos inmensos encerrados en una ciudad pequeña que se vuelve más y más estrecha, hasta ahogarnos. Casi no puedo respirar. Noto un miedo creciente a la realidad más inmediata, aquella que deberé afrontar cuando cruce el marco de la puerta, y no vuelva a saber de ti. Tú también me olvidarás. Tan sólo fui para ti un motivo para la duda, una pregunta no resuelta que caerá en el olvido después del tercer café, mientras miras por la misma ventana por la que ahora entra el sol en busca del color de tus ojos. Y sigues durmiendo. Boca abajo, sobre la cama, como la postal de una noche tardía de fiebre y sudor, de saliva y promesas que nunca cumpliremos. Tengo la tentación de levantarme y sentarme a tu lado, y caminar por tu espalda por última vez. Poco a poco, lentamente. Apenas una caricia imaginaria en tu cintura, recorriendo con un dedo los surcos de tu piel. Un roce tibio, una suave descarga de miedo que muere en tu cuello, donde el pelo empieza a nacer. Un último viaje a través de tu cuerpo moreno, pequeño, lejano y oscuro. Imagino que puedes sentir que te miro, que no soy el único que recibe despierto esta mañana de enero. Sabes que estoy ahí, pero me ignoras, porque ha llegado el momento de representar nuestro papel. Toca empezar a olvidarnos y volver a un mundo en el que nunca ha pasado nada, en el que yo quiero ser feliz y tú lo aparentas, y los dos actuamos como si tal cosa. Aún duermes, y ya has empezado a olvidarme. No queda nada de tus besos, de tu aliento, de tu pelo. Ni rastro de tus uñas en mi espalda. Nada que nos demuestre que todo esto ha sucedido, salvo tu sabor en la punta de la lengua, la sal de tu cuerpo en mis labios. Es hora de irnos. Yo a mi vida y tú a la tuya. Me levanto con cuidado y separo mi ropa de la tuya, todavía por el suelo. Cojo tus pantalones y busco en los bolsillos algún motivo para odiarte. Algo de dinero. Un pañuelo. Tu carné. Tu nombre. Ahora que lo pienso, ni siquiera sé cómo te llamas. Si yo te dije mi nombre, ya no lo recuerdas. Decido perderte para siempre. Condenarme a soñarte desnuda, en noches como ésta. Quiero saber tu nombre. Lo necesito. Mara. Hola Mara. Ahora que te conozco, ya puedo empezar a olvidarte…
miércoles 7 de octubre de 2009
Otoño
Esperé a que el verano me arropase con los últimos rayos de una calidez tardía, y te descubrí inmersa en el frío abrazo de un otoño particular. Me alejé de la ciudad que por siempre fue nuestra para llenar mis pulmones de un aire distinto, desconocido y quizá irrespirable, sólo para comprobar que tu silencio me hablaba de ti, de todo lo que querías decir y no te dejaban. El tiempo, las causas, los días. Los años, las palabras, la vida de los demás. Todo se nos puso por delante, y ni tú supiste hablar ni yo tuve valor para escucharte. Nunca llegamos a conocernos, pero tengo la sensación de que tú sabes de mí más de lo que yo sabré jamás, y abrigo la certeza de que te descubro en cada verso que disparas sobre unas páginas cargadas de fiebre. Ni siquiera observábamos la misma ciudad a través de ojos distintos. Para mí era un rincón oscuro donde el alma se endurecía y los recuerdos se te pegaban a la piel y te escocían, y sangrabas un torrente de memorias del tiempo que nunca fue. Para ti quizá la ciudad no fue más que un lugar donde jugar a ser alguien, donde encontrar el rincón que nos han dicho que nos aguarda, y que jamás pararemos de buscar. Yo sigo enamorado de ti, y tú lo estás de esta ciudad que me desprecia porque lloras y no sé qué hacer para enjugar tus lágrimas, salvo guardarlas en el frasco de mi recuerdo para bebérmelas en soledad, por la noche, cuando buscas en el armario los versos adecuados para rescatar los últimos posos del café. Quisiera saciar mi sed empapado en tus ojos negros, caminar con el alma cosida a los surcos de tu espalda, pero lo más cerca que he estado de tu piel fue cuando emprendimos juntos el camino a ninguna parte, y había cientos de kilómetros que nos separaban. Aun así, cada noche me asomo a tu ventana para verte respirar. Arrugas la frente en busca de aquello que quieres contar, porque sabes que debe estar en algún lugar, dónde lo habré dejado. Y yo sigo ahí, demasiado lejos de ti y muy cerca de todo el mundo. A kilómetros de allí, bajo tu ventana, dejando que las primeras gotas del otoño me traigan tu sabor, tu aroma, tu tacto. Con la ropa empapada de lluvia y sudor, viendo tu sombra tras el cristal. No te disculpes por aquello que no has hecho, no pidas perdón por no venir a visitarme. No tienes nada que temer. Tu sonrisa está encerrada en una cárcel de hielo que no soportará para siempre el calor de tu cuerpo, y ya asoma tu tacto a través de las rendijas. Los primeros susurros. Tú sigues buscando las palabras. Yo sigo esperando en la calle, bajo la lluvia. La ciudad se va llevando poco a poco el presente y convierte el hoy en futuro. Y este otoño maldito no para de llover...
domingo 13 de septiembre de 2009
Flashback 2
Hace unos meses amenacé con recuperar algunas de las locuras que escribía en aquellos años en los que todo sucede por primera vez, la época en la que las heridas eran poco profundas, pero marcaban sí o sí el camino que habríamos de recorrer. Aparco, por el momento, en el segundo capítulo, la aventura tenebrosa que imaginé hace poco, con la esperanza de encontrar de nuevo la senda no muy tarde. De nuevo versos viejos rescatados de las hojas amarillentas de un viejo cuaderno. Otra vez sin métrica, con el único estilo que dictó el momento y el lugar en el que fue escrito, a lápiz, a buen seguro en una noche como ésta. Éste no es tan antiguo, pero eso no quiere decir que vaya a ser mejor. En vuestras manos lo dejo. Y a ti, que nunca llegaste a leerlo, perdón por rescatarlo del olvido.
LETANÍA
Es como quien busca en el saco del olvido
y no encuentra en él más que podridas telarañas,
y remueve con el fango lo soñado y lo vivido
para cubrir con ilusiones la memoria ya oxidada
me muerden tan adentro los besos que te he pedido,
se siente sin tu abrazo mi piel tan congelada,
que no sé si antes de ti algo mío ha existido
y dudo que tras de ti en mi vida dejes nada
tengo marcas en la espalda después de dormir contigo,
tengo, a fuego lento en la piel, tu herida tatuada,
y no sangro por sangrar, sangro por un motivo:
que mi sangre deje tu nombre escrito sobre mi almohada
lucha aún mi corazón aunque mi cuerpo se ha rendido
por mantener sobre mi piel tu caricia señalada,
y las huellas de esos besos que mis labios han partido
alimentan, en silencio, estas letras de esperanza
de esperanza por volver a sentir lo que he sentido
al estar, cuerpo con cuerpo, nuestras vidas abrazadas,
compartiendo con miradas el compás de los latidos,
así te entregué mi vida, yo no me quedé nada...
LETANÍA
Es como quien busca en el saco del olvido
y no encuentra en él más que podridas telarañas,
y remueve con el fango lo soñado y lo vivido
para cubrir con ilusiones la memoria ya oxidada
me muerden tan adentro los besos que te he pedido,
se siente sin tu abrazo mi piel tan congelada,
que no sé si antes de ti algo mío ha existido
y dudo que tras de ti en mi vida dejes nada
tengo marcas en la espalda después de dormir contigo,
tengo, a fuego lento en la piel, tu herida tatuada,
y no sangro por sangrar, sangro por un motivo:
que mi sangre deje tu nombre escrito sobre mi almohada
lucha aún mi corazón aunque mi cuerpo se ha rendido
por mantener sobre mi piel tu caricia señalada,
y las huellas de esos besos que mis labios han partido
alimentan, en silencio, estas letras de esperanza
de esperanza por volver a sentir lo que he sentido
al estar, cuerpo con cuerpo, nuestras vidas abrazadas,
compartiendo con miradas el compás de los latidos,
así te entregué mi vida, yo no me quedé nada...
Para A, 2004
martes 1 de septiembre de 2009
Más tinieblas (capítulo dos)
Cuando la ciudad duerme, me gusta subir al tejado con una taza de café y escuchar los sonidos de la noche. Hay todo un mundo que la gente se pierde por huir de las tinieblas. Madrid es una metrópoli que atrapa una vida nocturna singular, y que con la caída del sol comienza a latir muy despacio, acompasadamente, de tal forma que es muy difícil llegar a escuchar su verdadero corazón. A lo lejos, el ruido de las sirenas ahoga el estrépito casi seco del cauce del río Manzanares, y de vez en cuando hay un coche que parte en dos con sus luces las arterias de la capital, como un relámpago que recorre la superficie terrestre sin encontrarse con nada, sin alcanzar a nadie. Es ahora cuando se puede respirar hondo, y llenarse los pulmones del espíritu de una ciudad que huele a muerte y a vida, a miseria y a riqueza, a comidas de lujo y ropas harapientas. Si mantienes el aire dentro de ti el tiempo suficiente, puedes paladear el poso amargo que desprenden sus calles, y sentir cómo desgarra tu garganta el cuchillo acerado de la realidad. El aire de la noche yace cargado de recuerdos que levantan ampollas en el alma, a menos que hayas conseguido para la tuya una coraza en forma de herida que no deje pasar el suspiro nocturno de las aves muertas. La mía hace tiempo que se partió en dos, y se convirtió en un cuervo negro que vuela en círculos en una cárcel invisible, en el cielo negro de una ciudad que me alimenta con la sangre que derramo en aquellas horas en las que la piel se eriza intentando sentir la llegada del alba.
Han sido muchas las vidas que he arrebatado, pero casi no las recuerdo. Sí que tengo grabada en la mente, en cambio, mi evolución a través de todas ellas, mi comunión de sangre. Ni siquiera sabía adónde me dirigía hace ya casi cuatro años cuando decidí recorrer las calles de Madrid con la única compañía de una daga. No tenía intención de usarla, pero aquella noche el contacto frío de su hoja me hizo sentirme bien, formaba parte de mí. Buscaba una cara entre una multitud, pero sabía que la distinguiría cuando me encontrara con ella. Mi mente seguía congelada en aquella noche en la que ella se fue para siempre, sola, en la acera, mientras yo miraba paralizado el rostro de aquél que se llevaba su vida y no dejaba tras de sí más que el eco de unos pasos atropellados en una calle desierta. Había olvidado cómo era, pero sé que su imagen seguía latente dentro de mí, arrullada en un rincón de mi corazón, yermo para siempre, a la espera de un destello que le devolviera la luz, que le hiciera salir de su letargo. Cuando éste se produjera, estaría preparado.
Me llevó varias noches encontrarle, pero al final di con él. Los hombres somos animales de costumbres, y nos sentimos identificados con un entorno muy reducido, fuera del cual nos creemos vulnerables. Podemos escapar durante un tiempo, salir de nuestros dominios, pero pronto algo tira de nosotros y nos conduce a un regreso que apacigua nuestros nervios y nos embriaga con la sensación de volver a casa. No se acordaba de mí. Por lo menos, no acertaba a articular en su pensamiento por qué había una sombra al fondo de la calle, esperando a que llegara el momento de arrebatarle todo el aire que en esos momentos aspiraban sus pulmones. Si mi rostro le dijo algo, no encontró en el saco de los recuerdos el momento exacto con el que asociarlo, la circunstancia en la cual nuestros caminos se cruzaron, y provocaron que el suyo estuviera a punto de llegar a su fin.
Como casi cada día, me empapaba de alcohol mientras ella me esperaba al amparo de la noche. Sabía que no acudiría a nuestra cita, pero confiaba en que en el último momento mi sensatez ganara una batalla que tenía perdida de antemano. Esperó con la esperanza de que aún quedara para mí un rincón para la salvación, para que lo nuestro no acabara ahogado en un vaso de bourbon.
Le seguí durante un tiempo, y logré captar su atención. Se sintió amenazado y afiló su instinto depredador, para intentar que fuera su gesto, y no el mío, el que supurara tintes de amenaza. Estaba acostumbrado a oler el miedo en los demás, y no se dio cuenta de que lo que sudaba era el suyo propio.
Salí del bar completamente borracho y me dirigí a casa, dando tumbos por la acera. Ni siquiera me acordé de su rostro, o de sus ojos, o de sus manos, mientras recorría el camino hacia el que pronto dejaría de ser nuestro lecho. Me sentí despreciable, y una arcada subió por mi garganta, justo antes de vomitar en la acera la bilis amarga que mi cuerpo contenía. Estaba a dos manzanas de casa.
Pronto me convertí yo en el perseguido. Caminé al abrigo de las farolas asegurándome de que me seguía a una distancia prudencial. Si yo aceleraba el paso, lo hacía él también. Llegué a detenerme un momento frente a un escaparate oscuro y él hizo lo propio unos metros más atrás. Podía oír sus jadeos, su respiración entrecortada, a su corazón bombeando adrenalina en busca de un último empujón que le ayudara a decidirse a abordarme. Sentí que llegaba el momento y me desvié, poco a poco, de las iluminadas calles del centro, para sumergirme en las tinieblas de unas callejuelas de piedra, reminiscencias tardías del Madrid que fue alguna vez.
Doblé la esquina de casa y la vi desplomarse sobre la acera. Fue todo muy rápido, apenas un destello. Una hoja afilada, una cuchillada profunda, una herida mortal. Una sombra corría hacia mí y no acerté a moverme. Le vi pasar por mi lado, incapaz de mover un solo músculo, mientras ella, en el suelo, clavaba sus ojos en mí. Un grito ahogado. Una mano pidiendo socorro. Media vida que se me escapaba.
Llegamos a una calle pequeña en la que apenas entraba la luz. Sólo el lejano brillo de la luna nos servía como farol. Fui, poco a poco, caminando más despacio, con el fin de que él pudiera ganarme terreno, decidido como iba a convertirme en su próxima presa. Paré en seco cuando oí que aceleraba sus pasos, dispuesto a atacarme por la espalda. Entonces me giré y me lo encontré de cara. Rostro con rostro.
Cuando llegué a cogerla entre mis brazos, su aliento se apagaba. No podía hablar, apenas respiraba. Me miró, y en el fondo de sus ojos se adivinaba una mezcla confusa de sensaciones, un amalgama de reproches callados e ilusiones que ya nunca serían. Una mirada a medio camino entre el cariño y el desprecio.
Fue como si, de repente, su mente proyectara la imagen que su memoria llevaba tanto tiempo buscando. Se paró en seco y su cuerpo se paralizó en el preciso instante en el que vio asomar el mortal brillo de la daga. Descubrió, por fin, qué era el miedo, justo antes de que hundiera hasta el fondo la afilada hoja en su cuello, y empezara a brotar la sangre a borbotones. Era una sustancia densa, viscosa, pero no caliente. Una sangre oscura arrojada por un alma podrida condenada desde ese mismo instante a vagar por un limbo repleto de torturas venideras. Se desplomó, y sentí que desde alguna parte una mirada acerada me taladraba el corazón, y me inundaba los pulmones de hiel. Una mirada a medio camino entre el cariño y el desprecio.
Han sido muchas las vidas que he arrebatado, pero casi no las recuerdo. Sí que tengo grabada en la mente, en cambio, mi evolución a través de todas ellas, mi comunión de sangre. Ni siquiera sabía adónde me dirigía hace ya casi cuatro años cuando decidí recorrer las calles de Madrid con la única compañía de una daga. No tenía intención de usarla, pero aquella noche el contacto frío de su hoja me hizo sentirme bien, formaba parte de mí. Buscaba una cara entre una multitud, pero sabía que la distinguiría cuando me encontrara con ella. Mi mente seguía congelada en aquella noche en la que ella se fue para siempre, sola, en la acera, mientras yo miraba paralizado el rostro de aquél que se llevaba su vida y no dejaba tras de sí más que el eco de unos pasos atropellados en una calle desierta. Había olvidado cómo era, pero sé que su imagen seguía latente dentro de mí, arrullada en un rincón de mi corazón, yermo para siempre, a la espera de un destello que le devolviera la luz, que le hiciera salir de su letargo. Cuando éste se produjera, estaría preparado.
Me llevó varias noches encontrarle, pero al final di con él. Los hombres somos animales de costumbres, y nos sentimos identificados con un entorno muy reducido, fuera del cual nos creemos vulnerables. Podemos escapar durante un tiempo, salir de nuestros dominios, pero pronto algo tira de nosotros y nos conduce a un regreso que apacigua nuestros nervios y nos embriaga con la sensación de volver a casa. No se acordaba de mí. Por lo menos, no acertaba a articular en su pensamiento por qué había una sombra al fondo de la calle, esperando a que llegara el momento de arrebatarle todo el aire que en esos momentos aspiraban sus pulmones. Si mi rostro le dijo algo, no encontró en el saco de los recuerdos el momento exacto con el que asociarlo, la circunstancia en la cual nuestros caminos se cruzaron, y provocaron que el suyo estuviera a punto de llegar a su fin.
Como casi cada día, me empapaba de alcohol mientras ella me esperaba al amparo de la noche. Sabía que no acudiría a nuestra cita, pero confiaba en que en el último momento mi sensatez ganara una batalla que tenía perdida de antemano. Esperó con la esperanza de que aún quedara para mí un rincón para la salvación, para que lo nuestro no acabara ahogado en un vaso de bourbon.
Le seguí durante un tiempo, y logré captar su atención. Se sintió amenazado y afiló su instinto depredador, para intentar que fuera su gesto, y no el mío, el que supurara tintes de amenaza. Estaba acostumbrado a oler el miedo en los demás, y no se dio cuenta de que lo que sudaba era el suyo propio.
Salí del bar completamente borracho y me dirigí a casa, dando tumbos por la acera. Ni siquiera me acordé de su rostro, o de sus ojos, o de sus manos, mientras recorría el camino hacia el que pronto dejaría de ser nuestro lecho. Me sentí despreciable, y una arcada subió por mi garganta, justo antes de vomitar en la acera la bilis amarga que mi cuerpo contenía. Estaba a dos manzanas de casa.
Pronto me convertí yo en el perseguido. Caminé al abrigo de las farolas asegurándome de que me seguía a una distancia prudencial. Si yo aceleraba el paso, lo hacía él también. Llegué a detenerme un momento frente a un escaparate oscuro y él hizo lo propio unos metros más atrás. Podía oír sus jadeos, su respiración entrecortada, a su corazón bombeando adrenalina en busca de un último empujón que le ayudara a decidirse a abordarme. Sentí que llegaba el momento y me desvié, poco a poco, de las iluminadas calles del centro, para sumergirme en las tinieblas de unas callejuelas de piedra, reminiscencias tardías del Madrid que fue alguna vez.
Doblé la esquina de casa y la vi desplomarse sobre la acera. Fue todo muy rápido, apenas un destello. Una hoja afilada, una cuchillada profunda, una herida mortal. Una sombra corría hacia mí y no acerté a moverme. Le vi pasar por mi lado, incapaz de mover un solo músculo, mientras ella, en el suelo, clavaba sus ojos en mí. Un grito ahogado. Una mano pidiendo socorro. Media vida que se me escapaba.
Llegamos a una calle pequeña en la que apenas entraba la luz. Sólo el lejano brillo de la luna nos servía como farol. Fui, poco a poco, caminando más despacio, con el fin de que él pudiera ganarme terreno, decidido como iba a convertirme en su próxima presa. Paré en seco cuando oí que aceleraba sus pasos, dispuesto a atacarme por la espalda. Entonces me giré y me lo encontré de cara. Rostro con rostro.
Cuando llegué a cogerla entre mis brazos, su aliento se apagaba. No podía hablar, apenas respiraba. Me miró, y en el fondo de sus ojos se adivinaba una mezcla confusa de sensaciones, un amalgama de reproches callados e ilusiones que ya nunca serían. Una mirada a medio camino entre el cariño y el desprecio.
Fue como si, de repente, su mente proyectara la imagen que su memoria llevaba tanto tiempo buscando. Se paró en seco y su cuerpo se paralizó en el preciso instante en el que vio asomar el mortal brillo de la daga. Descubrió, por fin, qué era el miedo, justo antes de que hundiera hasta el fondo la afilada hoja en su cuello, y empezara a brotar la sangre a borbotones. Era una sustancia densa, viscosa, pero no caliente. Una sangre oscura arrojada por un alma podrida condenada desde ese mismo instante a vagar por un limbo repleto de torturas venideras. Se desplomó, y sentí que desde alguna parte una mirada acerada me taladraba el corazón, y me inundaba los pulmones de hiel. Una mirada a medio camino entre el cariño y el desprecio.
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